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Cuando la tierra se sacude: ¿Qué nos enseña el SILENCIO DESPÚES DE UN TERREMOTO?

Hay certezas que damos por sentadas con una arrogancia silenciosa. Caminamos todos los días sobre el asfalto y la tierra firme con la absoluta confianza de que el suelo bajo nuestros pies es lo único inquebrantable en este mundo. Construimos ciudades, trazamos fronteras y levantamos edificios de concreto creyendo que dominamos el territorio que habitamos. Y, de repente, en cuestión de segundos, todo cambia.

La tierra comienza a rugir desde las entrañas. Las estructuras más sólidas se tambalean, el suelo se convierte en olas y el mundo entero parece venirse abajo.

En los últimos tiempos, los reportes de terremotos y sacudidas alrededor del globo nos han recordado con crudeza una verdad incómoda: nuestra vulnerabilidad es absoluta. Un movimiento imperceptible para el cosmos, pero devastador para nosotros, es suficiente para recordarnos que no somos los dueños de este planeta.

Pero más allá de la tragedia, las pérdidas materiales y los informes sismológicos, queda una pregunta inevitable que resuena en la mente de millones: cuando el suelo se mueve bajo nuestros pies, ¿qué es lo que realmente se está sacudiendo por dentro?

Desde las páginas de la historia sagrada, la tierra temblando nunca ha sido un evento neutral; es un lenguaje profundo que sacude la conciencia humana. Las Escrituras —compartidas íntegramente tanto en la tradición católica como en la cristiana— recogen momentos donde los cimientos del mundo físico se estremecen para recordarle a la humanidad la soberanía de lo divino.

Un ejemplo impactante lo encontramos en el libro del profeta Nahúm 1:5, que describe con fuerza poética la reacción de la naturaleza ante lo trascendente: “Los montes tiemblan delante de él, y los collados se derrumban; la tierra se conmueve a su presencia, y el mundo, y todos los que en él habitan”. Este tipo de pasajes nos arrastra a una realidad fascinante y a la vez intimidante: la creación entera responde a un orden infinitamente superior al nuestro, y aquello que consideramos “firme” puede alterarse en un parpadeo.

Asimismo, el Nuevo Testamento utiliza el temblor como una advertencia sobre lo transitorio. En Hebreos 12:26-27, se nos recuerda una promesa tan intrigante como liberadora: “Aún una vez más, y haré temblar no solamente la tierra, sino también el cielo… para que queden inamovibles las cosas que no son conmovidas”. Vivimos aferrados a seguridades efímeras —al dinero, al estatus, al control absoluto del mañana—, y a menudo se requiere que la tierra misma se sacuda para obligarnos a distinguir entre lo que es pasajero y lo que verdaderamente permanece.

Un terremoto deja tras de sí algo más que escombros: deja un silencio espeso, una pausa obligatoria donde el ruido del egoísmo humano se apaga. En ese instante de vértigo, las diferencias sociales se desvanecen, el miedo nos iguala a todos y surge de manera instintiva la solidaridad, la compasión y la urgencia de buscar aquello que no se destruye con un sismo.

Hoy, mientras las noticias nos muestran continentes enteros estremeciéndose y la tierra buscando un nuevo equilibrio, queda una pregunta flotando en el aire, exigiendo una respuesta íntima: cuando todo lo que creías firme comienza a tambalearse, ¿en dónde estás poniendo realmente tu confianza?

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OMNIGUIA.

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